
Una de las consignas del taller fue darle un final diferente al cuento "Ascuas en el Hielo" de Edgar Allan García. A continuación publico el cuento y luego en un comentario incorporo mi propuesta como final para la historia.
Ascuas en el Hielo - Edgar Allan García
Digo que los muertos matan a los vivos.
Esquilo
Esquilo
Ella viene de un mundo de campos verdes, pájaros, autos deportivos, París, Montecarlo, New York, y dice demodé, okey, Saint-Lorent, uffff ¡qué país!, oh sí, apenas dos o tres mil dólares, o sea, non plus ultra, si vous plaite, y habla como si el mundo entero la escuchara, como si Dios mismo no pudiera vivir sin sus pucheros, su risa de pájaro, sus interjecciones y su modo de decir c'est la vie.
Él viene de un mundo de alambradas, muros de ladrillo, apartamentos como nichos, calles oscuras, padre borracho, sombra en vez de madre, hermanos como zumbidos, como voraces hormigas, como escorpiones aguardando en las tinieblas; pero ha aprendido los innumerables recursos del sueño y vuela semejante a un ícaro y danza sobre brasas mientras pinta bosques aéreos, catedrales líquidas, llamaradas áureas que luego expone ante la fascinación del público.
Ella, hálito de carne, ninfa iluminada por ascuas de otro tiempo, lo mira y su sonrisa lo atraviesa, su hola lo resquebraja, lo traslada a un mundo extraño, y su perfume, su perfume le recuerda los bálsamos y esencias de un puñado de doncellas atenienses que titilan desnudas en su memoria o en ninguna parte. Él responde, no responde, balbucea, sonríe, chupa el cigarrillo apagado. Ella piensa: cuadros bonitos, caros, buen futuro. Él la mira y piensa: ojos como pequeñas gacelas verdes bajo un océano dorado húmeda cereza temblando en triángulo prohibido cantos muchos cantos secretos tras ese gesto de sacerdotisa de la carne.
Ella lo felicita, se aproxima, lo mira de frente y de súbito se estremece. Sin poder evitarlo, él alarga la mano hasta su hombro escotado y la atrae hacia su pecho y le susurra un torrente de poesía en el oído. Ella siente que el piso se hunde, que uh lalá, que uff, que qué calor ¿no? Él, sátiro encendido, parece danzar desnudo alrededor de piras, volar entre la perfumada humareda y, en un arrebato, le regala un cuadro, su bosque de diamantes, su canto de aguas salvajes, universo alucinado donde salta, gira, se ensortija. Ella lo besa en la comisura de los labios, le brillan los ojos marinos, balbucea palabras en una lengua extraña, brinda con él y se va flotando.
Por lo menos doce o quince mil dólares en Europa, o quizá veinte mil, dice papi en un arrebato de tasador. Pero, ¿qué opinas en realidad?, se agita ella, ¿no ves acaso a esa mujer que parece bailar entre la bruma? ¿y esos cuerpos desnudos retorciéndose de amor tras los árboles? acércate, acércate, ¿escuchas esa crepitación de fogatas encendidas? Es como si en otra vida, no sé, es como si en un lugar que conozco y no conozco, hace mucho tiempo, él y yo hubiéramos compartido el círculo de un fuego misterioso, algo semejante a las fiestas de la carne, pero sagradas, ¿comprendes?, sagradas, porque en alguna parte del bosque había una pira, un puñado de sacerdotisas que nos miraban entre la humareda mientras los cánticos, sí, los cánticos y todas esas danzas vehementes y extrañas se mezclaban con gritos de alegría...
Papi la mira desde lo alto del castillo rápidamente levantado por fantasmas medievales. No, no comprende nada de lo que ella dice masculla canta pero huele, siente el peligro y toma la cruz de bronce entre sus manos y masculla un juramento que se esparce como oleaje tenebroso. Papi percibe el creciente aleteo en ese pecho núbil, aquel repentino acantilado que se ha abierto bajo los pies de su única hija y, súbitamente convertido en el rey de un cuento legendario, galopa al anochecer entre las antorchas de Argos, sortea bacantes, sátiros, ménades, silenos, entra a la Ciudad Maldita, prende fuego a las embarcaciones floridas, arrasa el majestuoso Templo de la Carne y, luego, jadeante, en un último acto heróico, alzando los ojos al cielo, salva a la princesa, la salva enviándola a un internado de hielo, allá, sobre la oscura grupa de los Alpes, para siempre, hasta nunca jamás.
Él viene de un mundo de alambradas, muros de ladrillo, apartamentos como nichos, calles oscuras, padre borracho, sombra en vez de madre, hermanos como zumbidos, como voraces hormigas, como escorpiones aguardando en las tinieblas; pero ha aprendido los innumerables recursos del sueño y vuela semejante a un ícaro y danza sobre brasas mientras pinta bosques aéreos, catedrales líquidas, llamaradas áureas que luego expone ante la fascinación del público.
Ella, hálito de carne, ninfa iluminada por ascuas de otro tiempo, lo mira y su sonrisa lo atraviesa, su hola lo resquebraja, lo traslada a un mundo extraño, y su perfume, su perfume le recuerda los bálsamos y esencias de un puñado de doncellas atenienses que titilan desnudas en su memoria o en ninguna parte. Él responde, no responde, balbucea, sonríe, chupa el cigarrillo apagado. Ella piensa: cuadros bonitos, caros, buen futuro. Él la mira y piensa: ojos como pequeñas gacelas verdes bajo un océano dorado húmeda cereza temblando en triángulo prohibido cantos muchos cantos secretos tras ese gesto de sacerdotisa de la carne.
Ella lo felicita, se aproxima, lo mira de frente y de súbito se estremece. Sin poder evitarlo, él alarga la mano hasta su hombro escotado y la atrae hacia su pecho y le susurra un torrente de poesía en el oído. Ella siente que el piso se hunde, que uh lalá, que uff, que qué calor ¿no? Él, sátiro encendido, parece danzar desnudo alrededor de piras, volar entre la perfumada humareda y, en un arrebato, le regala un cuadro, su bosque de diamantes, su canto de aguas salvajes, universo alucinado donde salta, gira, se ensortija. Ella lo besa en la comisura de los labios, le brillan los ojos marinos, balbucea palabras en una lengua extraña, brinda con él y se va flotando.
Por lo menos doce o quince mil dólares en Europa, o quizá veinte mil, dice papi en un arrebato de tasador. Pero, ¿qué opinas en realidad?, se agita ella, ¿no ves acaso a esa mujer que parece bailar entre la bruma? ¿y esos cuerpos desnudos retorciéndose de amor tras los árboles? acércate, acércate, ¿escuchas esa crepitación de fogatas encendidas? Es como si en otra vida, no sé, es como si en un lugar que conozco y no conozco, hace mucho tiempo, él y yo hubiéramos compartido el círculo de un fuego misterioso, algo semejante a las fiestas de la carne, pero sagradas, ¿comprendes?, sagradas, porque en alguna parte del bosque había una pira, un puñado de sacerdotisas que nos miraban entre la humareda mientras los cánticos, sí, los cánticos y todas esas danzas vehementes y extrañas se mezclaban con gritos de alegría...
Papi la mira desde lo alto del castillo rápidamente levantado por fantasmas medievales. No, no comprende nada de lo que ella dice masculla canta pero huele, siente el peligro y toma la cruz de bronce entre sus manos y masculla un juramento que se esparce como oleaje tenebroso. Papi percibe el creciente aleteo en ese pecho núbil, aquel repentino acantilado que se ha abierto bajo los pies de su única hija y, súbitamente convertido en el rey de un cuento legendario, galopa al anochecer entre las antorchas de Argos, sortea bacantes, sátiros, ménades, silenos, entra a la Ciudad Maldita, prende fuego a las embarcaciones floridas, arrasa el majestuoso Templo de la Carne y, luego, jadeante, en un último acto heróico, alzando los ojos al cielo, salva a la princesa, la salva enviándola a un internado de hielo, allá, sobre la oscura grupa de los Alpes, para siempre, hasta nunca jamás.