12 de septiembre de 2009

Un final diferente para "Ascuas en el Hielo"


Una de las consignas del taller fue darle un final diferente al cuento "Ascuas en el Hielo" de Edgar Allan García. A continuación publico el cuento y luego en un comentario incorporo mi propuesta como final para la historia.

Ascuas en el Hielo - Edgar Allan García

Digo que los muertos matan a los vivos.
Esquilo


Ella viene de un mundo de campos verdes, pájaros, autos deportivos, París, Montecarlo, New York, y dice demodé, okey, Saint-Lorent, uffff ¡qué país!, oh sí, apenas dos o tres mil dólares, o sea, non plus ultra, si vous plaite, y habla como si el mundo entero la escuchara, como si Dios mismo no pudiera vivir sin sus pucheros, su risa de pájaro, sus interjecciones y su modo de decir c'est la vie.

Él viene de un mundo de alambradas, muros de ladrillo, apartamentos como nichos, calles oscuras, padre borracho, sombra en vez de madre, hermanos como zumbidos, como voraces hormigas, como escorpiones aguardando en las tinieblas; pero ha aprendido los innumerables recursos del sueño y vuela semejante a un ícaro y danza sobre brasas mientras pinta bosques aéreos, catedrales líquidas, llamaradas áureas que luego expone ante la fascinación del público.

Ella, hálito de carne, ninfa iluminada por ascuas de otro tiempo, lo mira y su sonrisa lo atraviesa, su hola lo resquebraja, lo traslada a un mundo extraño, y su perfume, su perfume le recuerda los bálsamos y esencias de un puñado de doncellas atenienses que titilan desnudas en su memoria o en ninguna parte. Él responde, no responde, balbucea, sonríe, chupa el cigarrillo apagado. Ella piensa: cuadros bonitos, caros, buen futuro. Él la mira y piensa: ojos como pequeñas gacelas verdes bajo un océano dorado húmeda cereza temblando en triángulo prohibido cantos muchos cantos secretos tras ese gesto de sacerdotisa de la carne.

Ella lo felicita, se aproxima, lo mira de frente y de súbito se estremece. Sin poder evitarlo, él alarga la mano hasta su hombro escotado y la atrae hacia su pecho y le susurra un torrente de poesía en el oído. Ella siente que el piso se hunde, que uh lalá, que uff, que qué calor ¿no? Él, sátiro encendido, parece danzar desnudo alrededor de piras, volar entre la perfumada humareda y, en un arrebato, le regala un cuadro, su bosque de diamantes, su canto de aguas salvajes, universo alucinado donde salta, gira, se ensortija. Ella lo besa en la comisura de los labios, le brillan los ojos marinos, balbucea palabras en una lengua extraña, brinda con él y se va flotando.

Por lo menos doce o quince mil dólares en Europa, o quizá veinte mil, dice papi en un arrebato de tasador. Pero, ¿qué opinas en realidad?, se agita ella, ¿no ves acaso a esa mujer que parece bailar entre la bruma? ¿y esos cuerpos desnudos retorciéndose de amor tras los árboles? acércate, acércate, ¿escuchas esa crepitación de fogatas encendidas? Es como si en otra vida, no sé, es como si en un lugar que conozco y no conozco, hace mucho tiempo, él y yo hubiéramos compartido el círculo de un fuego misterioso, algo semejante a las fiestas de la carne, pero sagradas, ¿comprendes?, sagradas, porque en alguna parte del bosque había una pira, un puñado de sacerdotisas que nos miraban entre la humareda mientras los cánticos, sí, los cánticos y todas esas danzas vehementes y extrañas se mezclaban con gritos de alegría...

Papi la mira desde lo alto del castillo rápidamente levantado por fantasmas medievales. No, no comprende nada de lo que ella dice masculla canta pero huele, siente el peligro y toma la cruz de bronce entre sus manos y masculla un juramento que se esparce como oleaje tenebroso. Papi percibe el creciente aleteo en ese pecho núbil, aquel repentino acantilado que se ha abierto bajo los pies de su única hija y, súbitamente convertido en el rey de un cuento legendario, galopa al anochecer entre las antorchas de Argos, sortea bacantes, sátiros, ménades, silenos, entra a la Ciudad Maldita, prende fuego a las embarcaciones floridas, arrasa el majestuoso Templo de la Carne y, luego, jadeante, en un último acto heróico, alzando los ojos al cielo, salva a la princesa, la salva enviándola a un internado de hielo, allá, sobre la oscura grupa de los Alpes, para siempre, hasta nunca jamás.

3 comentarios:

Dorothy dijo...

A continuación mi final:

Y pasó la era del hielo, gélida y eterna. Ella logró liberarse del cruel cuento de hadas, de su jaula de oro, dónde todo lo tuvo pero no tuvo nada. Ya había cumplido su condena con Papi, ya nada le debía. Luego de años interminables con el alma entumecida regresó al mundo real por Él. Él, cuyo recuerdo la acompañó cada noche invernal. Él, con sus susurros infinitos.

Ella sabe donde encontrarlo esta noche. Está con sus paisajes de mundos fantásticos en el mismo lugar donde su historia medieval comenzó. Va caminando hacia su destino interrumpido, como en un sueño, apenas rozando el suelo, como si suaves nubes de algodón la llevaran hacia Él. Ella lo encuentra, lo mira, y con gritos congelados en sus ojos lo llama.

Él reconoce su perfume mágico, inolvidable, el aroma de su primera pasión. Evoca largas y melancólicas noches pensando en Ella, con el corazón paralizado por su ausencia. Siente el llamado de sus ojos. Esos ojos provenientes de un océano extinto, que lo miran ahora expectantes, impacientes. Sus susurros ahogados piden escapar de sus labios, su mano se quiere alargar y atraer a Ella de nuevo hacia su pecho.

De repente un abrazo lo llama, alguien lo comienza a despertar de su sueño inconcluso. Su hijo rodea sus piernas con sus tiernos bracitos, como si supiera que Él está a punto de volar a otro universo. Ese pedacito de vida se aferra a su padre y Él baja su mirada para encontrarse con la sonrisa inocente de su niño. Un segundo abrazo por la espalda lo termina de despertar. Él no deja de mirar a su hijo pero sabe que detrás de su cuerpo está su mujer, su mundo real, su presente cierto.

Regresa su mirada a la ninfa de sus recuerdos, y sus ojos le cuentan a Ella el final triste de una historia imposible. Le dicen que quizás en otra vida, en otro mundo, mientras una diminuta y cristalina lágrima se desliza lentamente sobre su rostro, liberando su alma del anhelo de lo que no pudo ser.

Solange Rodríguez dijo...

Mucho mejor, Mel, ahora, has el ejercicio acortándolo un poco.
Saludos
Sol

Dorothy dijo...

Esta fue mi primera versión, la final es la que ya subí en el blog del taller. Entiendo que la consigna era un párrafo, pero me gusta más mi mini cuento : )