20 de octubre de 2015

Un cuento neoyorquino – Primera Parte



Hace tan solo unos días, tuve el placer de estar de visita en la gigante de concreto - la emocionante ciudad de New York, New York. Aprovechando que recibí una invitación para participar en la Feria Hispana/Latina del Libro en Queens, decidí extender mi estadía casi una semana y así tener tiempo de disfrutar algunas de las actividades que la gran ciudad ofrece a los millones de turistas que la visitan cada año. 
Llegué un miércoles en la noche al aeropuerto de La Guardia. Tratando de maximizar el presupuesto, opté por ser práctica – un poco valiente también - y utilizar el sistema de bus y tren para llegar a mi destino. Al salir de la zona donde se recoge el equipaje, hay unas máquinas donde se pueden adquirir las tarjetas del metro. Cargué veintiocho dólares y eso cubrió casi la totalidad del transporte durante mi estadía. Ni bien crucé la calle, me encontré con la parada de autobús y la línea M-60 me llevó hasta la calle 125 donde tomé el tren que me transportó hasta la parte norte de Manhattan. El recorrido en bus es muy colorido, pasando a través del enigmático Harlem. Si quieres vivir una experiencia realmente neoyorquina, usar el transporte público es indispensable.
El jueves en la mañana comenzó con un buen desayuno en una de las tantas cafeterías que abundan en la ciudad, especialmente en una zona donde residen estudiantes universitarios adeptos, casi todos, a la cafeína. Luego me dirigí a la estación de metro mientras me mezclaba con la multitud de personas que se encaminaban hacia su trabajo o sus clases, logrando así una probadita de la experiencia de ser una ‘New Yorker’ más. Les cuento que para alcanzar este objetivo, es necesario entrenar un poco porque, ¡sí que caminan rápido en la ciudad!
Para mi primer recorrido, tomé la línea A hasta la estación de la calle 81, donde queda el Museo de Ciencias Naturales, o como le digo yo, el de los dinosaurios. Ya se veía una masa de turistas alrededor tomando fotos de la majestuosa entrada y alistándose a pasar el día explorando las salas que cuentan la historia del mundo. Ya he estado tres ocasiones en el lugar y les recomiendo que planifiquen pasar ahí por lo menos seis horas. Definitivamente no es un lugar donde se pueda ver las cosas de pasadita.

Me habían recomendado tomar un bus que recorre lo largo del Central Park hasta el Museo Metropolitano de Arte. Decidí mejor caminar por el parque con ayuda del sistema de navegación de mi teléfono. Me encanta caminar dentro del Central Park. La experiencia de adentrarte en la naturaleza - dando un paseo por caminos empedrados donde se pueden admirar frondosos árboles y cristalinos lagos, donde te encuentras con gente tomando el sol, pajaritos y traviesas ardillas – mientras un poco más allá, avistas los imponentes rascacielos que enmarcan el precioso y verde sitio, es realmente fuera de este mundo.


¿Les cuento un secreto? – siempre que he ido sola de paseo por el Central Park, me he sentido un poco como el personaje Carrie de ‘Sex and the City’, viviendo un affair con la ciudad, descubriendo y disfrutando de sus rincones más encantadores. El parque es tan grande, que siempre encuentro algo nuevo para explorar. Esta vez fue un castillo.  ¡Así como lo escuchan, un castillo en el medio del Central Park! Además de ofrecer una hermosa arquitectura de estilo gótico y romano, el ‘Belvedere Castle’ contiene un observatorio y exhibiciones para los más curiosos. Luego de contemplar la maravillosa vista de la ciudad que se levanta por encima de las copas de los árboles, continué mi camino hasta el Museo Metropolitano.
Era mi primera vez en el famoso ‘Met’, pero al contar con menos de tres horas, fui directo a la sección que me interesaba. Esa era la recomendación en los folletos gratuitos ofrecidos en varios idiomas. Si tienes poco tiempo lo mejor es explorar una exhibición a fondo. Para mí, esa fue la exhibición de la cultura egipcia, porque es un tema que siempre me ha interesado y no sé de más lugares accesibles a mi bolsillo donde se pueda contemplar tantos y diversos artefactos pertenecientes a dicha civilización. Me hubieran pillado con la boca abierta, contemplado ensimismada los fragmentos de tumbas y templos con jeroglíficos y dibujos. Hay una sala dedicada a los féretros y momias así como un sin número de miniaturas, las cuales se utilizaban como amuletos que  acompañaban a las personas en su descanso final. No me cansé de tomar fotos, maravillada de tanta grandeza.  




Por cierto que, aunque el costo de admisión sugerido es de veinticinco dólares, tomen en cuenta que es exactamente eso, una sugerencia. En realidad uno puede pagar lo que uno pueda o considere conveniente. Si hubiera podido estar ahí todo el día, habría pagado el total sugerido pero por el poco tiempo que tenía no me pareció justo. Indiqué en la taquilla que quería pagar diez dólares y no hubo ningún problema. Ahí les dejo ese dato que lo leí en Internet y resultó bastante útil.
Era momento para cambiar el ritmo del día. Mi amiga Claudia y yo habíamos comprado entradas para el concierto de Ricky Martin que se presentaba esa noche en el Madison Square Garden. Yo no sabía de Groupon, una página Web donde se pueden adquirir entradas a eventos en todo el país con buenos descuentos. Claudia me informó sobre este sitio y por asientos que costaban cuarenta y ocho dólares, terminamos pagando veinticinco.
Claro que antes de dirigirme al área de Times Square, necesitaba recargar las energías. No había comido nada desde el desayuno. A unas pocas cuadras del museo – calculen que si quieren ir a sitios interesantes en New York City, siempre va a ser una caminata de 10 a 20 minutos – en la calle 82 y la segunda avenida, me encontré con ‘Sushi Ren’, un sitio japonés perfecto para descansar y comer un rico pollo teriyaki. Los precios no eran mucho más de lo que se paga en un restaurante japonés en cualquier otro sitio donde he estado. Lo mejor de caminar hasta ahí fue descubrir que a lo largo de la segunda avenida en aquella zona, hay una serie de restaurantes “étnicos” – desde tailandés hasta alemán – lo cual puede ser un dato muy interesante para aquellos que les gusta probar comida diferente y al mismo tiempo cuidar del bolsillo.
Mi amiga se retrasó un poco por cuestiones de trabajo así es que la esperé en el Macy´s del Herald Square. Nunca había entrado y la verdad es que me sorprendió el tamaño y el lujo de este punto de referencia neoyorquino. Por supuesto, era otro lugar atiborrado de turistas. Yo no soy muy asidua a las compras así es que me dirigí al Starbucks, localizado en el segundo piso, dentro del gigante almacén. Ahí, con un cafecito para calentarme del frío otoñal, me senté en una butaca desde la que me entretuve viendo el chorro sin fin de compradores como hormiguitas desesperadas adquiriendo artículos de toda clase a más no poder.
Por fin llegó mi amiga y caminamos apresuradas - ¿hay como más hacerlo en New York? - al Madison Square Garden, uno de los sitios de eventos más movidos del mundo. Como se podrán imaginar, es enorme. Con decirles que entre escalera y escalera eléctrica acabamos en el octavo piso. Así de lejos estábamos del escenario. Mirando hacia los asientos de la primera fila, Claudia comentó que podíamos intentar que nos cambiaran las entradas a unas más adelante. Yo le dije que suponía que nos costaría un buen dinero hacer eso pero Claudia muy tranquila dijo que no, que ella lo había hecho en otros eventos, y que no había pagado absolutamente nada. Por supuesto mi actitud fue de lo más incrédula pero igual la acompañé en su expedición de ir preguntando de persona en persona - mientras recibíamos miradas extrañas - hasta que dimos con un encargado que entre sorpresa y pena, nos arregló la noche. Tomó nuestros tickets y nos dio dos nuevos, acompañados de una gran sonrisa. De repente habíamos pasado del octavo piso hasta el primero. Ahí les dejo el dato. Les recomiendo poner cara de inocencia y preguntar lo más descaradamente posible. A Claudia le funcionó.  


Gracias a esta hazaña pasamos un momento maravilloso en el cual, viéndolo relativamente cerca, Ricky Martin nos llevó a recorrer un paseo por la memoria con sus éxitos de los noventa, nos hizo bailar con su Vida Loca y nos hizo sentir como si todos los ahí presentes fuéramos parte de una gran fiesta latina. Luego me enteré que esa misma noche, en un teatro dentro del mismo Madison Square Garden, se había presentado la banda ochentera Duran Duran. También aquella noche, en algún sitio de Brooklyn, se presentaron en concierto Marc Anthony y Carlos Vives. Así es que si les gusta la música y tienen planificado un viaje a Nueva York, asegúrense de revisar con anticipación los eventos que se llevarán a cabo durante su estadía. Lo más probable es que se encuentren con varias alternativas. Se los recomiendo porque la experiencia de asistir a un concierto en la gran manzana es inigualable.
Con tantas energías luego del concierto, no tenía ganas de que acabara la noche, pero al día siguiente me esperaba el inicio de la Feria del Libro Hispana en Queens así es que, con la música retumbando en los oídos y todavía emocionada por haber asistido a un concierto en New York City, dejé la locura de Times Square. No sería la última vez que pasearía por sus iluminadas y escandalosas calles durante aquel viaje.

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